Hay artistas con las que la historia del arte y la sociedad en general se ha portado muy injustamente. Casi siempre mujeres, claro está. O bien porque no encajan socialmente, porque tienen demasiado protagonismo, o porque simplemente el canon no tiene espacio para ellas. Camille Claudel fue una de estas artistas.
Como otras tantas, su nombre ha aparecido siempre ligado al de su maestro y amante (lo de amante está claro, pero lo de maestro bueno, venga, va, lo que tú digas), en este caso el gran escultor francés Auguste Rodin. Alumna, musa, amante, esposa… Lo que ha costado recuperar es su papel como artista, que es lo que fue principalmente.
Una relación intensa con un hombre consagrado, un éxito que despertaba recelos en un mundo que no estaba a la altura de su talento y una familia más preocupada por su imagen que por su bienestar, fueron suficientes para enterrar el nombre de Camille Claudel bajo el peso del relato hegemónico del arte, relegándola al papel de musa y a estudios de nicho sin traducciones.
Así que deja que hoy te cuente su historia.
Quién fue Camille Claudel
Camille Claudel (1864-1943) fue una escultora francesa que desarrolló su carrera en el corazón de París a finales del siglo XIX, es decir, en pleno meollo artístico. ¿Qué pasa? Que aunque desde el entorno de las vanguardias algunas artistas como Berthe Morisot o Mary Cassatt ya comenzaban a caminar para que las que estaban por venir pudieran correr, el mundo de la escultura era una cosa diferente. La escultura era un trabajo sucio, que requería en ocasiones fuerza bruta, mancharse, y por tanto estaba hecho para los hombres.
Sin embargo, por desgracia para su familia, Camille empezó a enredar con el barro desde bien pequeñita, mostrando una capacidad fuera de lo común para modelar. Era insistente, molestaba a sus hermanos para que posaran durante horas y siempre iba con las manos sucias.
Pronto encontro en la escultura un lenguaje propio, uno que solo su padre entendía. Louis Prosper Claudel pecó de padre consentidor, mientras que su madre, Louise-Athanaïse, fue alimentando sin ningún tipo de reparo su odio por su primogénita, la cual hubiera deseado que fuera un varón. O al menos no escultora, eso seguro.
Las instituciones oficiales vetaban a las mujeres, para sorpresa de nadie, por lo que se tuvo que ir formando en academias privadas y a través de profesores particulares (a ver, no dejaba de ser burguesa). Alquiló un estudio con una amiga que sería para toda la vida, Jessie Lipscomb, y allí empezó a recibir clases de Alfred Boucher.

Boucher, como buen artista burgués decimonónico, se fue de viaje a Roma, y mientras tanto la dejó en manos de Rodin como tutor. Así fue que acabó entrando como alumna en el estudio del escultor ya consagrado, y de ahí, pronto pasó a ser compañera de trabajo, musa y, sí, amante. Rodin le sacaba unos buenos pocos de años y tenía pareja (con la que no se casa hasta 1917, pero a la que no deja en ningún momento). Ignorar las redflags fue casi una decisión, pero los tiempos eran otros, y a Camille lo que le interesaba era que legitimaran su trabajo.
Poco a poco se fue abriendo paso en el mundo del arte, y críticos y artistas empezaron a considerarla la escultora más prometedora de su generación.
Camille Claudel y su amante Rodin
Suena raro dicho al revés, ¿verdad? Qué curioso que en castellano ni genio tenga un equivalente femenino, ni musa masculino. Así que, bueno, permitidme la vulgar ocurrencia de rebajar al gran Rodin a un simple amante.
Juntos en el taller
Como hemos dicho, cuando Camille Claudel entra en el taller de Auguste Rodin en 1884, él ya es el escultor del momento. Está trabajando en obras como Las Puertas del Infierno o Los burgueses de Calais, tiene encargos, reconocimiento, alumnos… y de pronto aparece una chica de 19 años (él tiene 43, ejem, ejem) que no solo entiende lo que está haciendo, sino que es capaz de seguirle el ritmo. Así que es muy probable que la pobre Camille tuviera que tragarse la típica chapa de «eres muy madura para tu edad».
Es la única mujer del taller que no posa para él, que no se desnuda, sino que moldea, en especial las manos y los pies de las esculturas de su maestro. Pero eso cambia al poco tiempo. Su cercanía con Rodin, la confianza, la admiración mutua… hacen que su personalidad artística se vuelva difusa, y lo profesional empieza a entremezclarse con lo pasional.
De alumna a musa, y de musa a amante
La relación entre Camille y Rodin dura alrededor de diez años. Diez años de trabajo conjunto, viajes, cartas; pero también de falsas promesas, frustración y competencia. ¡Quién lo hubiera dicho!
Para calmar un poco las aguas (porque Camille no es tonta, y exige un mínimo de respeto), Rodin alquila una casa a las afueras de París para juntos dar rienda suelta a su creatividad y pasión. Mientras ella se instala allí, vive y trabaja prácticamente encerrada en ese espacio, él vuelve cada noche a su casa con «la otra». Una «otra» que también debe de estar tirándose de los pelos y preguntándose por qué sigue con semejante perla.
Sin embargo, llega un punto en el que Camille encuentra su momento Laura Escanes y dice: hasta aquí, viejo verde guapo. Ya no solo por el dolor de cabeza en el que se había convertido su relación, sino porque además estaba harta de que la crítica no parara de compararla con él, y estaba deseosa de encontrar su verdadera independencia.
¿Quién influyó a quién?
Aquí es donde la historia del arte se pone incómoda. Porque si nos atenemos al relato clásico, es sencillo: Rodin es el genio que sale en los libros y Claudel es una amante que tuvo, que además dio la casualidad de que también hacía algo de escultura. Pero si miramos con lupa, a lo mejor nos toca cambiar los libros de historia.
Durante los años que trabajan juntos, hay similitudes evidentes entre sus piezas. Formas, gestos, composiciones que dialogan constantemente. Y, por tanto, esta pregunta es inevitable.
Algunas comparaciones son bastante claras, como por ejemplo pasa con Sakountala de Camille Claudel (1888) frente a El eterno ídolo de Rodin (1891):

No sé, Rick. Que yo sepa el 88 va antes que el 91, pero podría equivocarme. I’m just a girl.
La búsqueda infinita de la independencia
Una escultora en un mundo que no estaba hecho para ella
Elegir la escultura en el siglo XIX no era simplemente elegir una disciplina artística. Era meterse en un terreno que, directamente, no estaba pensado para ti.
No era solo que las mujeres no pudieran acceder a las instituciones oficiales (que también), es que el propio oficio chocaba frontalmente con lo que se esperaba de ellas. La escultura implicaba trabajar con el cuerpo, estudiar anatomía y modelar desnudos del natural (algo escandaloso para una señorita de bien), pasar horas en un taller, ensuciarse, ocupar espacio, mind you. Nada de eso encajaba con la idea de feminidad respetable que tenía la época.
Y Camille no estaba jugando a ser escultora, sino que estaba tratando de competir en el mismo terreno que los hombres. Por tanto, la independencia, en su caso, no era un punto de llegada. Era una pelea constante.
Por qué sigue siendo una figura clave hoy
Obras clave de Camille Claudel
No hace falta meter aquí todo su catálogo para entender por dónde va Camille. Con unas pocas piezas bien elegidas se ve perfectamente qué le interesa, cómo trabaja y, sobre todo, en qué momento empieza a hablar en primera persona.

Leyendo El vestido azul, de Michèle Desbordes
Leer El vestido azul es entrar en la parte más triste e incómoda de la historia de Camille. La novela se centra en su encierro, en esos años en el psiquiátrico que muchas veces se despachan en dos líneas, como si fueran una nota al pie: la chavala se volvió loca. Lo interesante es cómo trabaja esa frontera tan delicada entre lucidez y delirio. Porque no te da una Camille completamente perdida, ni tampoco una víctima perfectamente consciente de todo, sino que se mueve en ese terreno ambiguo donde no sabes muy bien qué creer.
Hay una imagen, que no conocemos y por tanto nunca podremos saber si es cierta, que a Desbordes se le debe haber quedado marcada en la mente: una anciana sentada en un jardín espera. La mujer es Camille Claudel, y a quien espera es a su hermano, que prometió venir a verla muy pronto.
Esa imagen persiste a lo largo de todo el libro y te persigue a medida que vamos descubriendo pequeños flashes de recuerdo de una vida que, sin duda mejor, se ha escapado por completo y ahora parece sumamente lejana, como un sueño.
Club de lectura en Barcelona: leer a Camille Claudel juntas
Creo que no hay mejor forma de rendirle homenaje a la vida y duro trabajo de Camille Claudel que conocer su vida en comunidad. Así, no solo dejamos que nos acompañe durante un instante, sino durante todo el viaje que supone una lectura. Y así, mientras nos reunimos y hablamos de ella, su nombre vuelve a ser pronunciado.
Este mes de mayo leeremos El vestido azul y nos sentaremos a dedicarle un ratito. Habrá quien la descubra y eso será precioso, y habrá quien vuelva a ella, que es como siempre debió ser.
Si te apetece descubrir nuevos libros sobre arte, intercambiar miradas y entrar en universos como el de Camille, yo diría que este es tu sitio. Nos encantará recibirte en el próximo encuentro, traigas la experiencia que traigas y con la única regla de disfrutarlo mediante una buena conversación.
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